sábado, 4 de septiembre de 2010

Por si coincidimos en la misma cama

Si en algún momento de una u otra forma coincidimos a la misma hora, o en cualquier lugar que podamos usar como amatorio, seguramente pasará lo siguiente:

Como si el tiempo hubiese anunciado su última hora empezaré a maldecir y bendecir al destino en la misma oración salida de mi boca. Mis ojos recorrerán tu cuerpo de punta a punta; despacio resumiré cuántos besos había malgastado y que ahora quiero recuperar en ti.
Inclinaré despacio mi cabeza; quizás el lado conveniente sea el izquierdo, mis labios entreabrirán nota a nota el sonido acelerado que sale disfrazado de suspiro encubridor de los abrojos inusitados, apenas conocidos.

Será la primera vez que querré investigar cada resquicio de un cuerpo, aprenderé de memoria cada lado de tus codos, aprenderé de qué tonalidad café son tus lunares; si es que los tienes, qué tonicidad tienen tus piernas, veré de qué tamaño son tus pechos y me aferraré a ellos como tablas salvavidas para salir con vida de entre tu río.

Mis manos ásperas bailaran despacio por el arco de tus hombros. Mientras compongo notas en tu espalda, recordaré batallas, amedrentaré al futuro por si no te tengo dentro de unos años. Haré en tu cuerpo olas perfectas donde no sería desgracia naufragar, mucho menos anclar un barco.

Ya después de enredarme entre tus piernas descansaré mi cabeza entre tu pecho, seguramente habré vencido.

Por si coincidimos en la misma cama dime, ¿tú qué harías?

lunes, 19 de abril de 2010

Caminando



Caminé por las calles mojadas de cielo. Respiraba la tierra atizada de agua. Anoche entre sueños te pude tener y, hoy saqué a pasear tu recuerdo.

Dejé estacionado mi coche en un lugar prohibido para esperar ser trasladado a uno mejor. Fui soportando la imagen de los santos pendejos que, según mi madre me cuidan si guardo su imagen entre cartera.

El verde de los alrededores pintó la cañeria que de pronto se hizo promotora del mundo escondido debajo de mis plantas elegantes vestidas de café.

Le conté al aire cómo te mecías sobre mis labios, cómo lamías todo lo que salía de mi boca, cómo tu odio hacia lo aburrido hacía más aburrida mi estancia a tu lado.

Aquí vivo, entre unas vías que cantan cada hora un tren y una avenida atascada de pena. Aquí aprendí a beber el agua que manchó tus dientes. Aquí aprendí que la gente no quería verte para no quererte. Aquí en este cementerio se vive plenamente.