— ¡Narciso! —suspiró aquél hombre enojado y jadeante— si fueras mujer, te iría peor
Esa noche, Narciso supo que ser mujer era algo que no le deseaba ni a su peor enemigo de la tropa contraria. La sangre que se derramaba por la espalda de su pierna derecha se atoraba en sus botines sucios y viejos. Narciso pensaba que ser héroe tenia un precio; él debía también pagarlo.
Narciso tarareaba canciones de guerra mientras cepillaba el caballo de aquel hombre que después de unos cuantos alcoholes, le confundía con las mujeres gachas y torpes, esas dejadas en alguna casa triste de ranchería, o con aquella abandonada en una milpa, o alguna de aquellas de senos baratos.
Narciso se daba al vuelo de confundir sus lágrimas con su sudor, así él, se sentía valiente, se sentía hombre.
— Narciso, anda y tráeme mi rifle, y de pasada una botella de mezcal.
— Sí, don Victoriano.
Apretando los puños, Narciso dio media vuelta a las órdenes del hombre que cuidaba de él. Narciso sabia que esa noche, al igual que otras, tendría que dormir boca abajo si acaso lograba conciliar el sueño. Sus pasos eran largos y lentos, las palmas de sus manos estaban costrudas y rojas por la fuerza con que las uñas largas de sus dedos, topaban con su carne al apretar muy fuerte sus manos. Narciso quería ser un héroe de batalla, de paso limpio y uniforme perfumado a tierra y sangre, y lo único que conseguía era ser llamado el bate huevos del Victorio.
Se sentía como un demonio atrapado en el cuerpo de un inocuo. Atrapó entre sus manos el rifle de Victoriano. Lo palpó, pasó una de sus manos por el lomo del arma hasta llegar a la boca, apuntó y acarició el gatillo. Después lo acomodó entre su pecho, y en medio de aquel salón oliendo a orines quiso ser héroe, quiso ser hombre. Nunca había deseado tanto ser hombre como entre aquellos olores. Tomó entonces el rifle viejo y tallado de don Victorio, una botella sucia y destapada que despedía un miasma insoportable.
— ¡Narciso!, no me gustan las personas que se tardan tanto— Victoriano se rascaba la entrepierna, su camisa desabrochada mostraba un montón de pelos revueltos en su pecho que guardaban enredada una cruz de plata lisa— tengo mucha sed y me estoy encabronando mucho.
El niño de doce años se aproximó a Victoriano con la cabeza baja, con el cuerpo sucio como sus botines; con lodo en el alma.
— Aquí tiene, don Victoriano, ¿me puedo ir a dormir?— Narciso hacia la pregunta más por costumbre que por educación. Siempre esperaba que fuera un sí.
- Ponte mirando a la pared, aún es muy temprano para que te duermas, a esta hora nada más los pollos y las gallinas duermen. Los hombres como tú, se desvelan, siempre se desvelan.
— ¿Usted cree que soy un hombre?.
— El mejor de esta pinche tropa, todos siempre se están quejando, son una bola de maricas. Yo en cambio, te hago hombre, el mejor de todos. El mejor de esta pinche tropa.
Don Victoriano, borracho y tosco se acercó hasta Narciso, éste sólo cerró los ojos y empezó a imaginar los rifles y las palabras de Victoriano diciéndole que era el mejor de los hombres, el que nunca se quejaba, el mejor de toda la pinche tropa, el que no pertenecía a la bola de Maricas. Mientras, Victoriano se había puesto en las espaldas de Narciso con los pantalones abajo, sus rodillas flexionadas hacían de Narciso un manojo de dolor y de miseria, hacían de él un hombre.
— No vayas a quejarte, si fueras mujer te hubiera ido peor— le decía a Narciso mientras apoyaba su barbilla sobre su cabeza y jadeaba sobre él.
Al cabo de minutos, Narciso terminó en el suelo con don Victoriano dormido todavía dentro de él. Se levantó, sacudió sus piernas y salió del salón donde Victoriano lo hacía el mejor hombre de la tropa a sus doce años. A lo lejos se escuchaban cómo una multitud se acercaba a caballos, con gritos en la boca, de esos que retumban en el cielo cuando se está separado del bullicio, cuando se está en el monte.
Narciso, vio cómo se levantaba una nube de polvo a lo lejos, quiso despertar a don Victoriano, pero éste solo logro acomodar el pantalón amarillento que caía bajo sus rodillas. Narciso tomó el rifle entre sus manos y se encaminó a una ventana de cristales rotos y telarañas grises. Nunca Narciso, había deseado tanto ser hombre como aquella noche.
Al notar que estaba solo en el salón, decidió acomodar un cañón tan pesado como un buey. Al moverlo, se dio cuenta que ni un cañón pesaba más sobre él que el mismo Victoriano meneándose en su espalda, acomodó el cañón en la vieja ventana del salón. La nube de polvo se acercaba como un montón de patos en huida cuando escuchan un disparo.
— ¡Narciso, dame agua!—don Vitoriano estaba con la mejilla derecha contra el piso de tierra y lleno de paja, entre sus nalgas se veía una mancha blancuzca mezclada con tierra y quién sabe que más, pareciera que un perro había pasado a orinar sobre su espalda.
— Señor, nos van a atacar, sino se levanta puede quedar muerto ahí—la voz de Narciso siempre era dulce, tan falta de hombría, tan sobrante de inocencia.
— Entonces haz algo, tú, que eres el mejor de mis hombres.
Narciso supo en aquel momento que sería el mejor hombre, pero no el de aquél vulgar señor. Tomó con fuerza el rifle, el dolor de su cuerpo no lo sintió cuando con grandes zancadas volteó sobre aquel hombre y disparó sin titubeos sobre la frente de ese don Victorio. El cuerpo de Victoriano quedó entre tierra, paja y sangre. Narciso regresó a la ventana y prendió fuego al cañón del salón, toda la furia que tenia guardada salió del boquete de hierro encendido, directo hacia los invasores. Mató a más de cien aquella noche. Cuando los demás soldados llegaron al lugar, preguntaron por don Victoriano.
— Lo mato uno que era casi un niño, yo me escondí detrás del cañón—dijo Narciso con una voz diferente.
— Pobre don Victoriano, él siempre tan pendejo que un casi niño lo mató— el que dijo esas palabras salió del salón, y empezó a juntar a la gente que quedaba entre los cuerpos. Narciso salió tras de él.
- Victoriano ha muerto, lo mató casi un niño del otro bando—dijo gritando a la gente— a nuestro salón lo salvó, ¿cómo te llamas?— se dirigió al hombre de mirada fuerte, anchos hombros, botines sucios y pantalones manchados de sangre entre las piernas.
— ¡Me llamo Narciso, el mejor hombre de esta pinche tropa!— dijo, mientras se acomodaba el mechón de pelo que caía sobre su frente.
— ¡Viva el niño artillero!
— ¡Viva!
— ¡Viva el niño artillero!
— ¡Viva!
Nunca Narciso había deseado tanto ser niño, como en aquella mañana.
lunes, 7 de febrero de 2011
domingo, 23 de enero de 2011
De mí
Nunca pensé que fuera a sentir esta rabia en algún momento de mi vida. Esa que te da cuando tienes que asumir la causa de tus actos, y no quieres. No quiero ni siquiera redactar una horrenda tesis que me está calando como la piedra más grande jamás encontrada en el zapato.
Acabo de leer un montón de personas estúpidas que se creen dioses jugando a vomitar palabras, digo todo y digo nada. Qué fatídica decepción ha de sentir la gente cuando llega amarme y me desama por lo que en las siguientes líneas escribo.
Soy una mujer que besa en cada esquina, en cualquier pueblo, en el bar que sea, en donde pueda. Nunca he besado a nadie en ninguna escuela, tan estúpida me creo por creer que sería de tan mala educación. Si me vieran mis padres fuera, en las calles, en los solares baldíos, sobre los puentes; bajo de ellos.
Tengo años cambiando de cama, cambiando de besos, cambiando de acciones. Una vez, alguien me dejó porque no sabia defenderme ante sus infidelidades y fui infiel. Me costó $100; es lo que antes costaba una tarjeta con crédito para abonarle al móvil, eso me costó y cruzar la calle para subirme al taxi y llegar al lugar donde había quedado con quien le pinté; que digo pinté, le tatué los cuernos en su cabezota de alfiler.
Quien me llamó "el amor de su vida" también me dejó en la primera oportunidad que tuvo y la primer infidelidad que dudó de mí. Y le comprendo, si yo me tuviese como novia me dejaría sin pensarlo.
Tengo amigos que se quejan de mi falta de ánimo, de mi falta de interés hacia ellos. Llamo de vez en cuando, cuando se me agota la calma y los silencio. Aún así, sé que mi mejor compañía es mi sombra, mi entrepierna rota.
Para matarme habría que robarme unas pastillas de verde y azul que tomo a diario cuando nadie me observa, en su defecto venir a mi casa con puerta roja y jalar del gatillo de una pistola. Muero de ganas de estallar la vida, de sentir la muerte.
Una vez en el estacionamiento de algún centro comercial, una mujer hermosa me llamó cobarde, y cómo no, siempre estuvo sentada en sus rodillas mi guitarra y no pude hacerle más feliz que ella, se me terminaron las ganas. Una vez más, ella me dejó.
He ido a muchos países y en todos fui distinta pero canté las mismas canciones. Acaricié más cuerpos de los que alguien pudiera imaginarse, no me enamoré de nadie. No fui a dejar mi corazón a París o a Bélgica, ni siquiera a Brasil. Pasé meses en autobuses raros con gente que me hartaba a diario y pretendía ser mi confidente sólo para acostarse con el chico italiano que tanto me pretendía.
Tengo años cantando cualquier día que sigue del miércoles, ahí conocí mi vanidad y egocentrismo, ahí me enamoré de muchas, me enamoré de mí. He escrito canciones en servilletas que terminas pisadas por extraños alcohólicos de mierda.
Juré sentirme un día enamorada y me abracé a las huellas de un amor lejano. No encuentro el camino exacto hacia sus lares y sin embargo le canto cuando más tengo el encanto herido. He estado al borde de la mejor historia, y regreso a cerrar el libro, quizás por temor a los finales infelices, no digo nada y digo todo.
Me gusta la soledad con que se mueven mis pasos, y recuerdo que odio escribir mensajes de textos y hablar por teléfono. Quizás por lo anterior ya no me buscan tanto mis esperadas aventuras de mañanas. Carezco de lógica en mis textos, carezco de historias increíbles porque se me estropean las manos y no podré vender canciones.
Cuando era niña me hicieron daño las personas a las que más nos confiaba mi madre, ella no lo sabe, muy apenas lo recuerdo para volverlo a dejar. En la inmensidad del tiempo desdoblo recuerdos y no me gustan. Aún no recuerdo cuando fue la última vez que me sentí sin miedo. A la espalda de la vida me aferré cuando menos quiero y cuando menos puedo.
Tengo una guitarra que nunca ha sido mía, creo que ella lo sabe pues se desafina a la primera pasada del tren, tanto que tardo sin poderla tocar.
Me gusta regalar flores pero desde que mataron a una amiga, entregué las últimas. La muerte me llena en muchas cosas y eso pocos lo saben. Una profesora me dijo un día que tenía fuertes problemas psicológicos que sabía cubrir muy bien con mi inteligencia. Nunca me he puesto a pensar si será verdad o mentira lo que a mi querida y estúpida profesora creía.
Debo confesar que no siento absoluta motivación por nada, tengo tiempo de decir todo y nada. Tengo tiempo durmiendo tarde para destruir mi cuerpo amordazado de pastillas. Tengo tiempo con miradas fingidas para conquistar amores de ocasión que me duran muchos años. No me gustan los finales, quizá por eso dejo abierto todo.
De mis relojes de mano, uso siempre el que no tiene batería. En la hora que marca mi reloj sin pila guardo mi mejor secreto. Tiene siempre la misma hora marcada, la cual cambio cada mes.
Digo todo y nada.
Acabo de leer un montón de personas estúpidas que se creen dioses jugando a vomitar palabras, digo todo y digo nada. Qué fatídica decepción ha de sentir la gente cuando llega amarme y me desama por lo que en las siguientes líneas escribo.
Soy una mujer que besa en cada esquina, en cualquier pueblo, en el bar que sea, en donde pueda. Nunca he besado a nadie en ninguna escuela, tan estúpida me creo por creer que sería de tan mala educación. Si me vieran mis padres fuera, en las calles, en los solares baldíos, sobre los puentes; bajo de ellos.
Tengo años cambiando de cama, cambiando de besos, cambiando de acciones. Una vez, alguien me dejó porque no sabia defenderme ante sus infidelidades y fui infiel. Me costó $100; es lo que antes costaba una tarjeta con crédito para abonarle al móvil, eso me costó y cruzar la calle para subirme al taxi y llegar al lugar donde había quedado con quien le pinté; que digo pinté, le tatué los cuernos en su cabezota de alfiler.
Quien me llamó "el amor de su vida" también me dejó en la primera oportunidad que tuvo y la primer infidelidad que dudó de mí. Y le comprendo, si yo me tuviese como novia me dejaría sin pensarlo.
Tengo amigos que se quejan de mi falta de ánimo, de mi falta de interés hacia ellos. Llamo de vez en cuando, cuando se me agota la calma y los silencio. Aún así, sé que mi mejor compañía es mi sombra, mi entrepierna rota.
Para matarme habría que robarme unas pastillas de verde y azul que tomo a diario cuando nadie me observa, en su defecto venir a mi casa con puerta roja y jalar del gatillo de una pistola. Muero de ganas de estallar la vida, de sentir la muerte.
Una vez en el estacionamiento de algún centro comercial, una mujer hermosa me llamó cobarde, y cómo no, siempre estuvo sentada en sus rodillas mi guitarra y no pude hacerle más feliz que ella, se me terminaron las ganas. Una vez más, ella me dejó.
He ido a muchos países y en todos fui distinta pero canté las mismas canciones. Acaricié más cuerpos de los que alguien pudiera imaginarse, no me enamoré de nadie. No fui a dejar mi corazón a París o a Bélgica, ni siquiera a Brasil. Pasé meses en autobuses raros con gente que me hartaba a diario y pretendía ser mi confidente sólo para acostarse con el chico italiano que tanto me pretendía.
Tengo años cantando cualquier día que sigue del miércoles, ahí conocí mi vanidad y egocentrismo, ahí me enamoré de muchas, me enamoré de mí. He escrito canciones en servilletas que terminas pisadas por extraños alcohólicos de mierda.
Juré sentirme un día enamorada y me abracé a las huellas de un amor lejano. No encuentro el camino exacto hacia sus lares y sin embargo le canto cuando más tengo el encanto herido. He estado al borde de la mejor historia, y regreso a cerrar el libro, quizás por temor a los finales infelices, no digo nada y digo todo.
Me gusta la soledad con que se mueven mis pasos, y recuerdo que odio escribir mensajes de textos y hablar por teléfono. Quizás por lo anterior ya no me buscan tanto mis esperadas aventuras de mañanas. Carezco de lógica en mis textos, carezco de historias increíbles porque se me estropean las manos y no podré vender canciones.
Cuando era niña me hicieron daño las personas a las que más nos confiaba mi madre, ella no lo sabe, muy apenas lo recuerdo para volverlo a dejar. En la inmensidad del tiempo desdoblo recuerdos y no me gustan. Aún no recuerdo cuando fue la última vez que me sentí sin miedo. A la espalda de la vida me aferré cuando menos quiero y cuando menos puedo.
Tengo una guitarra que nunca ha sido mía, creo que ella lo sabe pues se desafina a la primera pasada del tren, tanto que tardo sin poderla tocar.
Me gusta regalar flores pero desde que mataron a una amiga, entregué las últimas. La muerte me llena en muchas cosas y eso pocos lo saben. Una profesora me dijo un día que tenía fuertes problemas psicológicos que sabía cubrir muy bien con mi inteligencia. Nunca me he puesto a pensar si será verdad o mentira lo que a mi querida y estúpida profesora creía.
Debo confesar que no siento absoluta motivación por nada, tengo tiempo de decir todo y nada. Tengo tiempo durmiendo tarde para destruir mi cuerpo amordazado de pastillas. Tengo tiempo con miradas fingidas para conquistar amores de ocasión que me duran muchos años. No me gustan los finales, quizá por eso dejo abierto todo.
De mis relojes de mano, uso siempre el que no tiene batería. En la hora que marca mi reloj sin pila guardo mi mejor secreto. Tiene siempre la misma hora marcada, la cual cambio cada mes.
Digo todo y nada.
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